viernes, 28 de diciembre de 2012

¿A que juega el placer cuando hablo? ¿Cuáles son sus familiares, vecinos e incluso hijos?


Uno que se ve que viene corriendo apresurado cuando formulo esta pregunta, es cierto corredor, bastante audaz para demostrar su característica evanescente. Que presume de sus cualidades objetivas en sus decisiones para estar de un lado y otro. Y objetivo por su carácter de adherirse a los objetos, aquellos que tienen brillo, un brillo que denota un signo, es decir que le susurra en el oído al que se mueve, al sujeto. Este corredor posee suma habilidad para seducir; entre las teclas de un piano, haciéndolas vibrar a cada una, haciéndolas sonar e incluso gritar, para pasar… a la que sigue. Ellas se asumen especiales por encontrarse en el escenario como efecto de la elección de él, pero ven que apenas rosa, apenas las rosa, las toca. Creyeron que eran ellas las que contaban con la música, que ellas decidían si sonar, pero estas creencias no las compartían unas con otras, cada tecla guardaba el secreto de asumirse en el asiento de la exclusividad. Pero ven, las que se han dado cuenta, que han sido tocadas por conveniencia, la conveniencia de la expresión, del compartir signos, lo que da como cociente un conjunto de sonidos, de significados; una melodía. Una melodía, que en su completud, dice, transmite, dirige, o mejor, es dirigida. Que marca un camino, que es el del discurso. Que es dirigida por ese corredor audaz: el poder.

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